Cada escenario tenía lo suyo (fueron seis este año), cada rincón esperaba a quien quisiera pasarla bien, ya sea de a ratos o viendo todo el show de la banda deseada. Corridas para llegar a escuchar algún tema, todo el mundo hizo eso. Ya sea quienes tiene Cosquines en el lomo, como aquellos nuevos fanáticos del Festival. En definitiva disfrutar fue la premisa.

Que sea rock

El Escenario Norte tuvo la primera gran ovación a eso de las 17 hs, cuando Hilda Lizarazu, cantaba a Charly García, con un homenaje a la altura del prócer del rock. (No así el que le hicieron a Pappo en la Casita del Blues, que si bien fue lindo distó mucho de lo que merecía el Carpo a veinte años de su fallecimiento). Fue el primer momento donde Milo J sonó en el festival y que el mundo artístico se solidarizó con él, post censura del Gobierno Nacional. Para que no nos sigan pegando abajo…

El Mató a Un Policía Motorizado, con un Santiago Motorizado que nunca desentona, dio paso a la banda que jamás desentonará. Divididos nunca te deja a gamba y menos en un festival. Fue una locura,  lo de Mollo, Ciavarella y Arnedo. Como siempre, en realidad. Lo mismo con Airbag y Dillom, que se encargaron de hacer explotar al escenario, con sus estilos diferentes, pero con la misma energía. El trío se coronó como una de las bandas más convocantes, además de una de las más rockeras de la actualidad, mientras que Dillom, disruptivo como siempre, anduvo entre el trap, el rock psicodélico, los mensajes fuertes y actitud 100% rock, que en él excede el género que cante.

El cierre del Norte fue a puro baile con los Decadentes, cuando ya había llegado la madrugada, cuando las zapatillas no daban más del barro, pero los cuerpos aún mantenían toda la energía y la alegría.

Nuestro norte es el sur

En la otra punta del predio el Escenario Sur se erigió como la opción para miles, que no quisieron moverse de allí, porque todo lo que pasó en ese espacio del Aeródromo no tuvo desperdicio. De la misma forma que el Escenario Montaña con La Vela Puerca y No Te Va Gustar, que lograron que bien temprano en el horario ya no se pudiera caminar con facilidad, por la cantidad de gente que los fue a ver.

Guasones fue la primera banda convocante del Sur, con muchos que se quedaron para ver a Wos bien de cerca. Y no se equivocaron. Porque lo que hizo Valentín Oliva fue demoledor. No hay otra manera de describirlo, ni de admirarlo. No sólo con sus canciones más conocidas, si no con la improvisación al lado de las montañas que le dieron un toque más que especial.

Quienes no pierden su toque, pese a los años, son los Babasónicos. Con una lista de temas segura y muy conocida, aseguraron la noche con una actuación que hacía tiempo no tenían en el Cosquín. Poca innovación, que en definitiva es lo que el público quiere muchas veces. Algo así como lo que hicieron Las Pastillas del Abuelo, con sus letras largas y sin estribillo, para quienes los festejan tanto como las primeras veces. Y un Piti que en el Cosquín se entrega en cuerpo, alma y sed. Siempre con su fernet en la mano, para mejorar -aún más- el momento.

El cierre lo tuvo a Juanse y sus Ratones Paranoicos, como si estuvieran en un lugar cerrado. Pero el estadio no era otra cosa que un paisaje de ensueño, cuyo techo eran las estrellas donde las banderas pudieron flamear sin drama y la gente disfrutar, mucho más que en cualquier otro lugar.

Fotos y crónica: Juan José Coronell